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La paz en Colombia y sus consecuencias para el Perú

Paulo Drinot

Las conversaciones de paz entre el gobierno colombiano y las FARC constituyen un desarrollo positivo para Colombia y para América Latina. De tener éxito, el proceso iniciado por el presidente Juan Manuel Santos pondrá fin a uno de los conflictos armados más longevos del hemisferio occidental. El éxito dependerá de muchos factores. Si las FARC están dispuestas a negociar es, sin duda, consecuencia en buena parte de la exitosa estrategia militar (financiada por Estados Unidos en el marco del Plan Colombia) iniciada por el presidente Álvaro Uribe y continuada por el presidente Santos, la cual ha conseguido golpear duramente a la cúpula de las FARC eliminando a la mayoría de sus líderes históricos (y, en consecuencia, abriendo espacio para una nueva generación de líderes, al parecer, más moderada).

El Plan Colombia, y lo que implica en términos de la injerencia de los Estados Unidos en la política interna de un país soberano (y de la proyección del “coloso del norte” en América latina), puede no gustarnos. Pero hay que reconocer que si bien en el tema de las drogas es poco lo que se ha avanzado (mas allá de desplazar una parte de la producción de cocaína a países vecinos como el Perú) en el plano de la contrainsurgencia la estrategia ha dado resultados. Las FARC no han sido derrotadas militarmente, y en algunos frentes tienen aún muchísimo poder, pero es difícil negar que se encuentran debilitadas. A esto debemos sumar el hecho que con el fin de las guerrillas centroamericanas y de conflictos como el norirlandés o el vasco y con Cuba reorientando su política exterior y el presidente Hugo Chávez de Venezuela marcando distancias, las FARC se encuentran más aisladas que nunca. 

Ha habido otras negociaciones entre las FARC y gobiernos colombianos y todas han fracasado. Pero hay razones para pensar que esta vez el desenlace será distinto. Al incorporar en el proceso de negociación a actores como Cuba y  Venezuela (en particular al presidente Chávez) al igual que temas de fondo como la reforma agraria, Santos ha creado un marco de negociación que le permite a las FARC percibir, y presentar el proceso de paz, tanto a sus militantes como a la sociedad colombiana, como una negociación en la que ambas partes tienen algo que ganar. La habilidad política de Santos es evidente en este y otros aspectos del proceso de negociación. Si la alternativa a la opción militar es la opción política, esa opción tiene que poder ser asumida por las FARC como propia.

Sin embargo,  aún cuando el proceso culmine en una paz pactada, la pacificación de Colombia no será nada fácil. ¿Podrá la cúpula de las FARC convencer a todos sus militantes que la desmovilización es preferible a continuar la lucha armada (o el lucrativo negocio de las drogas)? ¿Podrá el estado colombiano asegurar la seguridad de los desmovilizados y de la cúpula de las FARC (a diferencia de lo que ocurrió con el M19)? De ser desmovilizados, ¿a qué se dedicarían los ex FARC? Algunos analistas advierten ya que existe la posibilidad de que surjan FARCRIM, grupos armados delincuentes análogos a las BACRIM (acrónimo para las nuevas Bandas Criminales)  surgidas  a raíz de la desmovilización de los grupos paramilitares de derecha (las Autodefensas Unidas de Colombia). Una desmovilización exitosa dependerá de la capacidad del estado y de la sociedad colombiana de reincorporar a los desmovilizados a la sociedad civil (y política en el caso de los líderes). Y todo aquello dependerá de cómo se enfrentan los temas de justicia transicional (juicios, amnistías, indultos, etc.) en el proceso de negociación.

Otro tema complejo que atañe a la geopolítica regional y a los intereses geoestratégicos peruanos, es qué pasará con las fuerzas armadas colombianas, potenciadas en los últimos años por el Plan Colombia. Hoy las fuerzas armadas colombianas son la segunda en tamaño en América del sur (después de Brasil), y la mejor equipada y preparada, incluso por delante de las brasileñas. Sin frente interno, las fuerzas armadas colombianas, tanto por su tamaño como poderío, representarán un factor de desequilibro en la correlación de fuerzas en la región y en particular con los países limítrofes, entre ellos el Perú.

Por ultimo, de ser exitosa la desmovilización de las FARC, en particular en las zonas de producción de coca, es muy probable que el vacío dejado por ella  no sea efectivamente cubierto por el Estado colombiano y, más bien, sea ocupado por otros actores al margen de la ley como los carteles mexicanos, en busca de una mayor integración vertical en el negocio de las drogas. Si los carteles de Juárez y Sinaloa pasan a controlar al comercialización de la droga en Colombia, el Perú no tardaría en convertirse en un escenario más de la sangrienta “guerra contra las drogas” que venimos perdiendo todos los latinoamericanos desde hace muchos años.